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A 40 años del golpe cívico- militar

Los años dominados por la fuerza del Leviatán

Por Leonardo Güi (www.REPUBLIK.com.ar) - “Habíamos comido miedo al desayuno, miedo al almuerzo y a la cena, miedo; pero no habían logrado convertirnos en ellos.” Carta de Envar El Kadri a Eduardo Galeano.
Un paso por años dominados por la fuerza del Leviatán

Por Leonardo Güi (www.REPUBLIK.com.ar) - “Habíamos comido miedo al desayuno, miedo al almuerzo y a la cena, miedo; pero no habían logrado convertirnos en ellos.” Carta de Envar El Kadri a Eduardo Galeano.

La ciudad de La Plata fue carne de cañón. La Universidad Nacional de La Plata fue quizá la casa de altos estudios más diezmada por el terrorismo de Estado en la Argentina.

La Plata era una víctima perfecta. Una ciudad históricamente culta, con trazos de diseño moderno, diagonales desafiantes, parques y plazas por doquier, lugares de encuentro para la cultura, una ciudad planificada para ser una capital moderna, una ciudad con universidades, con  miles de estudiantes de todo el país, con colegios secundarios llenos de jóvenes brillantes y comprometidos.

Una ciudad formada por un compacto bloque social de clase media fuerte, de mucho empleo estatal, de mucha conciencia cívica, política y social.

Era un blanco perfecto. Quizá sea una consideración muy naif para la consecuencia sistemática del secuestro, tortura y desaparición de personas que se dio a lo largo y a lo ancho de toda la Argentina. Sin embargo, es imposible dejar de señalar los elementos sociales y culturales que tenía La Plata y su Universidad Nacional para pensar porqué fue particularmente brutal el ensañamiento para con esta ciudad.

El porqué, no sólo es una pregunta filosófica sino también una pregunta política.

Los años setenta son abordados muchas veces como un dolor colectivo que heredamos como sociedad. Es una especie de castigo colectivo.

Tampoco suele ser cotidiano el debate profundo sobre toda la violencia que sufrimos en los setenta y sobre todo el plomo que se utilizó para hacer política.

No es motivo de análisis de este artículo ahondar en la política profunda de los años setenta, pero es una discusión necesaria que está llena de luces y de sombras, de democracia aperturista y de dictadura brutal.

Los setenta están avasallados por el peso del Leviatán y sus crímenes, o sea, los crímenes cometidos por el estado. Que el estado de derecho (garante teórico de la libertad) sea quien te secuestre, torture y desaparezca, deja fuera de discusión cualquier argumento justificador, no lo hay.

Se debe tener mucho cuidado en el debate histórico de los setenta para no terminar de ninguna manera, avalando teorías como “los dos Demonios” o “la guerra justa”; teorías que sirvieron de vehículo para (carapintadas mediante) terminar en las leyes de obediencia debida y punto final y luego en los tristes indultos.

Repito que no es la intención de este artículo ahondar en la política profunda, pero es necesario mencionar algunos elementos en el pensamiento de porqué la ciudad y la Universidad sufrieron tanto.

La ciudad era un centro político de pensamiento, era un lugar de vanguardia histórica y fruto de esas luces fue un lugar tomado por la politización de tiempos históricos. Como bien lo señalan Martín Caparrós y Eduardo Anguita en la “La Voluntad, el cielo por asalto”:

Ocurría el Mayo francés, Vietnam, la revolución cubana, los derechos civiles en los Estados Unidos, Bob Dylan y Mao, el psicoanálisis, los curas tercermundistas, el Rock Nacional y la nueva sexualidad, el feminismo, grupos armados y el debate intelectual.”

Era inevitable que la politización de la época no acabara impactando profundo en una ciudad tan sensible a los cambios del mundo.

Esa politización impactó en La Plata, en la Universidad e impactó en la clase media de los setenta, una clase media con una extraordinaria formación escolar primaria y secundaria (para los términos de hoy), que consumía cultura, que veía cine de autor, consecuencia de un modelo educativo de vanguardia en América Latina que el liberalismo del proceso (en consecuencia) comenzó a socavar. Esa herencia cultural llega hasta nuestros días.

Todo ese combo de pensamiento y de acción, convirtieron a esta ciudad en lo que se menciona al principio: un blanco perfecto.

Bien lo reflejaría el General Ibérico Saint Jean, gobernador de la Provincia de Buenos Aires en Mayo del 1977: "Primero mataremos a todos los subversivos, luego mataremos a sus colaboradores, después... a sus simpatizantes, enseguida... a aquellos que permanecen indiferentes, y finalmente mataremos a los tímidos." Nadie con un alto grado de compromiso político iba a salir ileso de esta ciudad a partir de marzo de 1976.

La tortura y la sangre que abundaba en los sucios calabozos de las comisarías, en  los centros clandestinos de detención, en los oscuros rincones del alma de los torturadores, todavía hacen eco en la ciudad de las diagonales.

Aún puede sentirse en las típicas casas con zaguán de cualquier esquina de la ciudad, en las rejas, en las veredas, en las plazas, en las fachadas de los colegios y en los oscuros predios hoy transformados en espacios para la memoria.

De alguna manera todavía estamos en los setenta. Hay una sensación que es fruto del terrible crimen de la desaparición, que genera una atmósfera a veces perversa, como si el proceso nunca hubiera terminado de pasar, ya que hasta el día de hoy, nos faltan muchos compañeros y compatriotas que no sabemos donde están.

Necesitamos no solo a la justicia para el castigo de los genocidas, sino también necesitamos  memoria, memoria para no olvidarnos de los desaparecidos y de sus hijos, nuestros nietos, a quienes les desaparecieron la identidad como coronación perversa de una crueldad insaciable. Como señala Juan Pablo Feinman sobre el brillante historietista Platense Héctor Germán Oesterheld, autor del Eternauta:

“En cautiverio, se dice (y seguramente es cierto), le mostraron, con macabra prolijidad, las fotos de los cadáveres de sus cuatro hijas. ¿Cuánto tiene que sufrir un hombre? ¿Cómo la bestialidad humana, el asqueante sadismo, el placer por el dolor del otro, pueden llegar a atrocidades tan inconcebibles?”.

Hasta que no terminen los procesos, hasta que cada genocida esté preso y hasta que cada nieto tenga el derecho de saber su verdadera identidad, una parte de nosotros como sociedad también está desaparecida con ellos.

Debemos pensar a la historia como un ejercicio para la memoria, aquí se asesino a demasiada gente.

Pensar en un genocidio es fundamental para tener una dimensión aproximada de los crímenes. Bien sabemos los estudiantes de derecho, que los puristas del estatuto de Roma (Corte Penal Internacional) no consideran el asesinato masivo de personas por causas políticas como Genocidio, pero si crímenes de lesa humanidad, ambos (según nuestra Constitución) son imprescriptibles.

Pensamos que es un Genocidio porque las causas políticas de un ser humano, la identidad política, es algo tan fuerte como la raza, la religión, la etnia o la condición sexual (elementos tipificados legalmente para que se considere Genocidio) y los crímenes macabros que aquí se cometieron, no tienen nada que envidiarle a los Genocidios de Ruanda, Sudán o la ex Yugoslavia.

A los defensores de Genocidas, a los nefastos refutadores de cifras, les decimos:

Si, Genocidas.

La plata venció a la muerte y en el transcurso se venció a sí misma, como bien podría decir un poeta de nuestros pagos: La Plata es un vencedor vencido, porque al final tuvimos justicia, pero ellos siguen desaparecidos.

Quiero terminar diciendo con total subjetividad, que s hay algo absolutamente bueno, que dejan los tiempos que acaban de terminar, es sin duda la reapertura de los procesos por la verdad.

Que el Estado Argentino termine de juzgar a sus propios criminales de Estado, es un hecho sin parangón en el mundo entero, comenzado por un gobierno popular en 1985 y continuado por otro gobierno popular casi veinte años después, en el 2003.

No somos inocentes y sabemos que la democracia también fabrica demonios, que la democracia a veces es corrupta y a veces te caga de hambre. Pero sabemos,aún así, que la democracia es lo mejor que tenemos.

Quiero terminar con una frase de Naomi Klein: “Quizá el primer acto de resistencia sea negarnos a que borren la memoria colectiva”

A cuarenta años del golpe cívico-militar, Nunca Más. Memoria, Verdad y Justicia. (24/03/2016)

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