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A doscientos años de la primera declaración independentista

Por EMILIO AUGUSTO RAFFO (www.REPUBLIK.com.ar)  Se cumplen hoy doscientos años de la primera declaración independentista y, posiblemente, para algunos y esencialmente para “la historia oficial” esta fecha pasará inadvertida. Algunos, seguramente pocos, enarbolaremos nuestra bandera.
A doscientos años de la primera declaración independentista.

Por EMILIO AUGUSTO RAFFO (www.REPUBLIK.com.ar)  Se cumplen hoy doscientos años de la primera declaración independentista y, posiblemente, para algunos y esencialmente para “la historia oficial” esta fecha pasará inadvertida. Algunos, seguramente pocos, enarbolaremos nuestra bandera.

“La historia oficial”, la de Mitre, López, Urquiza, etcétera, nos ha indicado siempre que la fecha del 9 de julio es indiscutible, ocultando lo ocurrido antes y después de ese día. Como también nos ocultaran la gran y epopeyita gesta emancipadora de La Vuelta de Obligado. Habré de referirme, entonces, a la revisión intentada ahora, a la traición del pasado y del presente a ambas.

Como la fecha oficial tiene una gran ventaja, no habré de explayarme sobre la misma celebrada en Tucumán bajo la presidencia de Narciso Laprida en la “casita histórica” de la capital de dicha provincia y la ausencia de muchos representantes.

Lo cierto es que, como ocurriera con La Vuelta de Obligado y algunos verdaderos próceres a los que se intenta olvidar, se ha puesto a debate que la primera declaración independentista de la corona española fue concretada el 29 de junio en el denominado Congreso de los Pueblos Libres convocado por el prócer oriental don José Gervasio de Artigas en el año 1815 en Concepción del Uruguay, se dice en el paraje Arroyo de la China, concurriendo representantes de lo que hoy es Misiones, Entre Ríos, Santa Fe, Córdoba y, por supuesto, la Banda Oriental.

Debe resaltarse que las provincias que fueron al Congreso de Oriente y que conformaban la Liga de los Pueblos Libres, no concurrieron posteriormente al Congreso de Tucumán. Nadie se ha ocupado hasta ahora determinar la representatividad de ambos, teniendo en cuenta la importancia y densidad de los estados concurrentes a ambos eventos (Banda Oriental del Uruguay, Entre Ríos, Santa Fe, Córdoba, Misiones y Corrientes).

Está claro que para la historiografía oficial ni el evento ni sus concurrentes son motivo de interés.

No faltará quienes minimicen esta discusión. Algunos dirán, livianamente, qué importancia tiene si la declaración fue el 29 de junio de 1815 o 9 nueve de julio de 1816.

A principios de 1815 Montevideo estaba en manos patriotas y su gobernador, Fernando Otorgués, respondía al protector de los Pueblos Libres, don José Artigas. Los bonaerenses habían abandonado a la Banda Oriental.

Posteriormente comienzan  los levantamientos en todo el litoral, José Estanislao López, Pancho Ramírez, etcétera.

En consonancia con ello, en abril de 1815, Artigas convoca a un Congreso y lo comunica al Cabildo de Buenos Aires: “Hoy mismo van a salir mis circulares convocando a los pueblos que se hallan bajo mi mando y protección para que por medio de sus respectivos diputados entiendan en la ratificación espontánea de la elección, que para ejercer la suprema magistratura recayó en la muy benemérita persona del brigadier D. José Rondeau, y en calidad de suplente, en la del general del Ejército Auxiliar don Ignacio Álvarez”.

No quedan dudas de la activa participación de Artigas en los actos tendientes a logar la efectiva independencia, que motivará -entre otras hostilidades- en declararlo (ya antes de 1815) “traidor a la patria”, “bárbara y sediciosa” su conducta e “indulta y perdona”  a quien lo elimine, según un bando de Sarratea del 2 de febrero de 1813.

A poco de andar Artigas advierte su pecado y exceso de optimismo. En mayo de 1815, Álvarez Thomas enviaría a Francisco Bruno de Rivarola y al coronel Blas Pico para intentar solucionar las diferencias entre Artigas y el directorio establecido en Buenos Aires, entrevistándose el 16 y 17 de junio a bordo de una goleta anclada en el río Uruguay frente a Paysandú.

Le prometieron la independencia de la Banda Oriental mediante un tratado de paz y amistad. Por este tratado Buenos Aires reconocía la independencia de la Banda Oriental del Uruguay, renunciando a los derechos que por el anterior régimen le pertenecían. Ofrecía una paz y amistad eterna entre las provincias contratantes echando un velo sobre todo lo pasado y que las provincias de Corrientes y Entre Ríos quedaran en libertad de ponerse bajo la protección del gobierno que gusten.

Artigas, indignado, rechazó la posibilidad de la secesión de la Banda Oriental del resto de las Provincias Unidas y respondió desde su cuartel general de Paysandú el 16 de junio de 1815 proponiendo un tratado de catorce puntos (Tratado de Concordia entre el ciudadano jefe de los Orientales y el gobierno de Buenos Aires) en los que proclamaba el federalismo, pidiendo indemnizaciones y armamentos para la provincia oriental.

“La Banda Oriental del Uruguay está en el pleno goce de toda su libertad y derechos, pero queda sujeta desde ahora a la constitución que organice el congreso general del estado, legalmente reunido, teniendo por base la libertad”, señalaba con patriótica dignidad.

La idea de la revolución nacionalista de 1810 había sido sustituida por un gobierno formado por la “clase decente” y la “gente principal” del puerto. Es decir, cambiar a los funcionarios españoles por los decentes porteño en desmedro (resulta obvio) de los bárbaros caudillos Artigas, Ramírez, etcétera.

En julio de 1816 ni la Banda Oriental ni las provincias ligadas al “protector de los pueblos libres” enviaron representantes a Tucumán, creo que persuadidos de la temible expedición que se estaba preparando en Cádiz, bajo las órdenes de Wiliam Beresdford (el mismo invasor de 1806), supervisada por Manuel J. García y bajo la complicidad de Buenos Aires con tal de sacarse de encima al caudillo oriental (hasta hoy execrable para muchos).

Dice el gobernador correntino Pedro Ferré (obviamente opacado por la historia oficial): “Si alguna vez se llegasen a publicar los documentos que aún están ocultos se verá que Artigas no hizo otra cosa que reclamar primeramente la independencia de su patria y después sostenerla con las armas, instando en proclamar el sistema de federación y entonces resulte Artigas el primer patriota argentino”. Algo así -se me ocurre- como ocurriera con la batalla de la Vuelta de Obligado, Lucio V. Mansilla y el maldito de la historia oficial, don Juan Manuel de Rosas.

Para ello, y a fuerza de ser objetivos, veamos qué dice Vicente Fidel López, en “su” historia de la República Argentina: “Artigas fue un malvado, un caudillo nómade y sanguinario, señor de la horca y cuchillo, de vidas y haciendas, aborrecido por los orientales que un día llegaron hasta resignarse con la denominación portuguesa antes de vivir bajo la ley del aduar de aquel bárbaro”.

Es lo cierto que “nuestros congresales de Tucumán” dos meses después de nuestra declaración de la independencia (más precisamente el 4 de setiembre) aprobaron cláusulas secretas tendientes a resguardar “su declaración de independencia” en desmedro de la que ya lo habían hecho el 29 de junio de 1815, auspiciando su invasión y persuadiendo al gabinete de  Brasil que se declare protector de la libertad e independencia de esa provincias (ya independientes) restableciendo la casa de los Incas y enlazándola con la de Braganza.

Los portugueses terminan controlando Montevideo en un acto reivindicado por los porteños, que los recibieron con los brazos abiertos por el vecindario de honorable familia por salvarlos del salvaje Artigas (Vicente F. López dix it).

Hecha esta digresión, debe recodarse que el mismo Congreso que el 9 de julio de 1816 había declarado nuestra independencia en Tucumán, el 12 de noviembre de 1818 aprobaba secretamente en el puerto de Buenos Aires las cláusulas de un acuerdo con Francia por las cuales pasaríamos a depender del pequeño ducado de Parma. Dicen, entre otras muchas disposiciones: “Que la Francia se obligue a prestar al duque de Lucca una asistencia entera de cuanto necesite para afianzar la monarquía en estas provincias y hacerla respetable, debiendo comprender en ella cuando menos todo el territorio de la antigua demarcación del virreinato del Río de la Plata, y quedar por lo mismo dentro de Montevideo con toda la Banda Oriental, Entre Ríos, Corrientes y Paraguay”.

La férrea oposición de los salvajes caudillos federales y la sabia decisión de San Martín de no combatirlos, impidió este escarnio y entrega.

Se ha sostenido que “los pueblos que no tienen memoria suelen repetir sus errores. En nuestro Congreso Nacional no ha prosperado un proyecto reivindicando el 29 de junio de 1815. Como un acto de reparación histórica, colectiva, enarbolemos en nuestros balcones y donde sea nuestra bandera nacional. (29/6/2016)

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